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El escritor que me convirtió en lector compulsivo

El escritor que me convirtió en lector compulsivo

Tenía trece años y un problema. No veía lo suficiente para jugar al fútbol. En el recreo, mientras los demás corrían detrás de un balón, yo me quedaba al margen. No por falta de ganas, sino porque perseguir una pelota que no ves tiene poco sentido. Así que necesitaba otro sitio donde estar. Otro lugar donde lo que no podía hacer con los ojos no importara.

Ese lugar fue un libro. Y el primer libro que me llevó de verdad a otro mundo fue de Julio Verne.

No recuerdo si fue Veinte mil leguas de viaje submarino o Viaje al centro de la Tierra. Probablemente las dos a la vez, una detrás de otra, como quien descubre un pasadizo secreto y no puede parar de caminar. Lo que recuerdo es la sensación: por primera vez, no me faltaba nada. No necesitaba ver el balón, ni la portería, ni la cara de los que metían gol. Tenía el Nautilus. Tenía el centro de la Tierra. Tenía un tipo llamado Phileas Fogg apostando que podía dar la vuelta al mundo en ochenta días, y yo iba con él.

Verne tenía una obsesión que lo explica casi todo: quería tender un puente entre la ciencia y la imaginación. No se inventaba las cosas de la nada. Leía artículos científicos con una curiosidad casi enfermiza y luego les daba forma de aventura. El submarino ya existía cuando escribió sobre el Nautilus, pero nadie había imaginado que pudiera navegar bajo los polos. Los cálculos de su viaje a la luna coinciden con los del primer alunizaje real, un siglo después. No era un visionario en el sentido mágico de la palabra. Era un hombre que leía mucho, pensaba mucho y después escribía lo que veía con la imaginación donde la ciencia aún no había llegado.

Hay una anécdota que me gusta especialmente. Cuentan que con once años se escapó de casa para embarcar como grumete en un barco que salía hacia la India. Quería comprarle un collar de perlas a su prima, de la que estaba enamorado. Su padre lo alcanzó antes de que el barco zarpara y le hizo jurar que no volvería a viajar más que con la imaginación. Verne cumplió esa promesa a su manera: viajó más que nadie, pero siempre desde una silla, con una pluma en la mano. Escribió más de sesenta novelas sin moverse apenas de Francia.

Eso es lo que más me une a él, aunque suene pretencioso decirlo. No la genialidad, que esa es solo suya. Sino la idea de que se puede viajar sin moverse. Que se puede ver sin ver. Que un libro es el único transporte que no te pide los ojos, ni las piernas, ni el pasaporte. Solo te pide que te quedes quieto y dejes que la historia haga el resto.

A los trece años, mientras los demás jugaban al fútbol, yo descubrí que dentro de un libro no era el chaval que no veía el balón. Era el que viajaba más lejos que todos.

Y eso se lo debo a un francés que nació en Nantes en 1828 y que tampoco necesitó salir de casa para llegar al centro de la Tierra.

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