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La mochila

La mochila

El autobús huele a lunes. A cansancio, a ropa húmeda, a gente que preferiría estar en cualquier otro sitio. Adrián va de pie, con los auriculares puestos y la mochila colgada del hombro derecho. La misma mochila de siempre. Libros, portátil, un cable de carga y medio sándwich del día anterior.

El móvil vibra. Un mensaje de un número sin nombre.

«Hay una bomba en tu mochila. Si te la quitas, estalla. Si avisas a alguien, estalla. Haz exactamente lo que te diga.»

Adrián mira la pantalla. Lee el mensaje otra vez. Y otra. Siente el peso de la mochila sobre el hombro como si de repente pesara el doble. Mira a su alrededor. Una mujer con un niño en brazos. Un chaval con uniforme de cocina. Una señora mayor que mira por la ventana sin ver nada.

El móvil vibra de nuevo.

«Bájate en la próxima parada. Deja la mochila en el banco de la marquesina. Camina sin mirar atrás. Tienes cuarenta segundos.»

Cuarenta segundos. Adrián hace cuentas. Si obedece, se salva. Se quita la mochila, la deja, camina, respira. Sigue vivo. Pero el siguiente que se siente en ese banco no lo sabe. No sabe que al lado hay algo que puede matarle.

El autobús frena. Las puertas se abren. Adrián nota el aire de la calle en la cara.

Si se baja y deja la mochila, alguien muere y él vive. Si no se baja, quizá muere él. Quizá mueren todos. Quizá no hay ninguna bomba y solo es un desgraciado con un móvil de prepago y demasiado tiempo libre.

Pero ¿y si la hay?

Las puertas empiezan a cerrarse.

Adrián no se mueve.

O quizá sí.

A veces la vida entera cabe en una decisión que dura tres segundos. Lo aterrador no es elegir. Es no saber si lo que has elegido te convierte en héroe o en cómplice.

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