El bolígrafo que no escribe

Tengo un bolígrafo al lado del teclado. Siempre. No escribo con él, no tomo notas, no subrayo nada. Es de los de botoncito, de esos que hacen clic cuando los pulsas. Y lo pulso. Mucho.
Clic. Clic. Clic.
Puede parecer un TOC. Puede parecer un tic nervioso. Puede parecer que estoy perdiendo el tiempo. Pero no. Ese clic es mi forma de pensar. Cada vez que pulso el botón, algo se ordena dentro. Una frase encuentra su sitio. Un personaje toma una decisión que yo aún no había tomado. Una escena que llevaba días atascada se desbloquea sin que sepa muy bien por qué.
Escribo en ordenador. No tengo otra opción: soy ciego. Mis dedos trabajan sobre el teclado mientras un lector de pantalla me devuelve en voz lo que acabo de teclear. Pero antes de que los dedos se muevan, antes de que suene la primera palabra, está el clic. El bolígrafo que no escribe es, en realidad, el que más escribe de todos.
Cada escritor tiene su ritual. Hay quien necesita silencio absoluto. Hay quien pone música. Hay quien no puede empezar sin un café delante, como si la cafeína fuera parte del proceso creativo. Yo necesito ese sonido ridículo, ese clic de plástico barato que no significa nada para nadie excepto para mí.
A veces me pregunto qué pensaría alguien que me viera desde fuera. Un tipo sentado frente a un ordenador, mirando la pantalla sin poder verla, pulsando un bolígrafo sin parar. Probablemente pensaría que estoy nervioso, o aburrido, o directamente loco. No sabría que en ese momento estoy decidiendo si un personaje vive o muere. O si una historia empieza con lluvia o con sol. O si el capítulo tres va antes que el cinco.
La escritura no ocurre solo cuando escribes. Ocurre antes, en ese espacio raro donde las ideas todavía no tienen forma. Donde una historia es solo una sensación, un tono, algo que notas pero que aún no puedes nombrar. El clic me ayuda a quedarme ahí, en ese momento incómodo en el que no sabes qué vas a escribir pero sabes que algo viene.
No es magia. No es superstición. Es simplemente mi forma de concentrarme. Mi ancla.
Y si algún día pierdo ese bolígrafo, tendré un problema. No porque no pueda escribir. Sino porque no sabré cómo empezar a pensar.
¿Tienes algún ritual absurdo que te ayude a concentrarte? Cuéntamelo. Me sentiré menos raro.


Comentarios:0