El hombre que metió a sus enemigos en el infierno

Hay una forma muy elegante de vengarse de tus enemigos: meterlos en el infierno. Y lo digo casi al pie de la letra: en verso, con nombre y apellidos, para que se quedaran ahí durante siglos. Dante Alighieri lo hizo. Y de paso escribió una de las obras más importantes de la historia de la literatura.
Para entender la Divina Comedia hay que entender primero a un hombre herido.
Dante nació en Florencia hacia 1265. Además de poeta, era un hombre metido hasta el cuello en la política de su ciudad, que en aquella época vivía partida en bandos que se odiaban con una pasión difícil de imaginar hoy. Llegó a formar parte del gobierno de Florencia. Y en 1302, mientras estaba fuera, en una misión en Roma, el bando contrario tomó el poder y lo condenó por corrupción. Primero una multa enorme. Después, el exilio. Y si volvía, la hoguera.
Nunca volvió.
Pasó el resto de su vida yendo de ciudad en ciudad, viviendo de la hospitalidad de otros. Hay un verso suyo que lo resume mejor que cualquier biografía: lo amargo que sabe el pan ajeno y lo duro que es subir y bajar escaleras que no son tuyas. Esa amargura es el combustible de la obra.
Porque así se llamaba: Comedia. A secas. Lo de «divina» se lo añadió después Boccaccio, que la admiraba tanto que el título original le pareció poco.
El poema cuenta un viaje. Dante, perdido a mitad de su vida, recorre el Infierno y el Purgatorio guiado por el poeta Virgilio, y llega al Paraíso de la mano de Beatriz. Y ahí está la otra clave del libro, la que equilibra tanta rabia.
Dante vio a Beatriz por primera vez cuando los dos tenían nueve años. Volvió a verla años después. Apenas hablaron. Ella se casó con otro y murió joven. Él también se casó, tuvo hijos, hizo su vida. Pero Beatriz se convirtió en la mujer de toda su obra, idealizada hasta ser la guía hacia lo más alto. Es probablemente uno de los amores más literarios y menos vividos de la historia.
Y mientras tanto, el Infierno. Ahí Dante saldó cuentas. Metió a políticos que conocía, a florentinos de su tiempo, y hasta dejó reservado el sitio para un papa que todavía estaba vivo cuando transcurre el viaje. Era su manera de ganar la batalla que había perdido en la vida real.
Tomó además una decisión que cambió una lengua entera: escribió en toscano, la lengua de la calle, y no en latín, que era lo que se esperaba de una obra seria. Por eso la Comedia llegó a mucha más gente, y el italiano moderno tiene en ella buena parte de sus cimientos.
Años después de la condena le ofrecieron volver a Florencia. Con condiciones: pagar y someterse a una penitencia pública. Dijo que no. Prefirió morir en el exilio a volver humillado. Murió en Ravena en 1321.
Florencia tardó siglos en arrepentirse. Le construyó una tumba en la basílica de Santa Croce, pero Ravena nunca devolvió sus restos, así que esa tumba sigue vacía. Y en 2008, casi setecientos años después, el ayuntamiento anuló formalmente la condena. Llegó un poco tarde.
De Dante me quedo con algo que va más allá de su erudición y de su genio: convirtió la peor época de su vida en su obra maestra. Le quitaron la casa, la ciudad y el nombre, y él respondió escribiendo. Hay pocas venganzas más duraderas que esa.

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