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El autor que quizá no existió

El autor que quizá no existió

Llevamos casi tres mil años leyendo a un hombre del que no sabemos absolutamente nada. Ni dónde nació, ni cuándo, ni si se llamaba así, ni siquiera si existió. Y sin embargo, si echas abajo a Homero, se te cae encima media literatura occidental.

Empecemos por lo que sí sabemos. Hacia el siglo VIII antes de Cristo aparecen dos poemas, la Ilíada y la Odisea, que son las obras literarias más antiguas de Europa que se conservan. Uno cuenta unas semanas de la guerra de Troya: la cólera de Aquiles, el honor, la muerte. El otro cuenta el regreso a casa de un hombre que tarda diez años en volver. Son los dos pilares sobre los que se levanta todo lo que vino después.

Lo demás es niebla.

Los antiguos decían que Homero era un aedo, un cantor que recorría las cortes recitando versos. Y decían también que era ciego. Hay quien sostiene que su nombre viene de ahí, de una expresión que significaba «el que no ve». Hay quien dice que viene de homaros, que significa rehén, y que Homero no era un hombre sino un gremio: los Homéridas, los hijos de los rehenes, prisioneros de guerra a los que no se mandaba a combatir porque no eran de fiar y a los que se ponía a cantar las hazañas de otros.

Esa segunda teoría me parece fascinante. La idea de que el autor más influyente de la historia no sea una persona sino un oficio. Un nombre colectivo detrás del cual hay generaciones de hombres recitando lo mismo, puliéndolo, mejorándolo, transmitiéndolo de memoria hasta que alguien lo puso por escrito.

Eso es lo que se conoce como la cuestión homérica, y lleva abierta desde la Antigüedad. En la biblioteca de Alejandría ya había estudiosos convencidos de que los dos poemas no podían ser del mismo autor. En el siglo XVIII, el filólogo Friedrich August Wolf sostuvo que eran la suma de fragmentos de muchos aedos, unificados siglos después. En el XX, Milman Parry demostró algo distinto y muy revelador: los poemas contienen patrones propios de la composición oral, esas fórmulas repetidas que sirven para sostener miles de versos en la memoria sin papel.

Es decir, quienquiera que fuese Homero, no escribía. Cantaba.

Y aquí está lo que a mí me deja pensando. Nosotros escribimos para que quede. Confiamos en el papel, en los archivos, en las copias de seguridad. Aquel hombre —o aquel grupo de hombres— compuso una obra de más de quince mil versos sin un solo apoyo material. Solo la voz y la memoria. Y ha durado casi tres mil años, más que cualquier biblioteca, más que cualquier imperio.

Hubo incluso un momento en que la ficción se convirtió en excavación. Heinrich Schliemann, un millonario prusiano obsesionado con estos poemas, se fue a Turquía con la Ilíada en la mano como si fuera un mapa. Y encontró Troya. Resulta que los escenarios existían.

Alejandro Magno dormía con un ejemplar de la Ilíada debajo de la almohada. Los griegos aprendían a leer con estos versos; después lo hicieron los romanos. En la Edad Media los mantuvieron vivos los copistas de los monasterios. En el

Renacimiento volvieron a brillar. Y siguen aquí, en las estanterías, en las aulas, en las películas.

Yo leí la Odisea por primera vez de muy joven, y lo que me atrapó no fueron los dioses ni los monstruos. Fue Ulises. Un tipo que no gana por fuerte, sino por listo. Que sobrevive porque piensa. Que se pasa diez años intentando volver a casa mientras todo el mundo le dice que ya no hay casa a la que volver.

Tres mil años después seguimos contando esa historia. Cada relato de alguien que vuelve, cada personaje que encuentra el camino a base de ingenio, viene de ahí.

No sabemos quién fue. Puede que no fuera nadie. Y aun así es el único autor del que estamos seguros de una cosa: que sigue vivo.

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