El gato de la habitación 312

Erwin Schrödinger imaginó un gato dentro de una caja. Mientras la caja permanezca cerrada, el gato está vivo y muerto a la vez. No es que no sepamos cuál de las dos cosas. Es que es las dos. Solo al abrir la caja el universo se decide.
Marcos lleva nueve minutos delante de la puerta de la habitación 312.
Dentro está su madre. Se lo han dicho por teléfono con esa voz que usan los hospitales, la que no dice nada pero lo dice todo. Venga cuando pueda. Venga pronto.
Ha subido tres plantas. Ha recorrido el pasillo. Ha llegado hasta la puerta y ahí se ha parado.
Porque aquí, en este lado de la puerta, su madre todavía existe. Está discutiendo con la enfermera sobre el desayuno. Está pidiendo que le suban la persiana. Está preguntando si ha llegado ya su hijo, que siempre llega tarde. Aquí, en el pasillo, su madre está viva.
Y también está la otra posibilidad. La habitación en silencio. La cama hecha. Alguien recogiendo una bolsa con sus cosas.
Las dos son verdad. Las dos ocupan el mismo espacio al otro lado de esa puerta, y lo seguirán haciendo exactamente hasta que él empuje.
Una enfermera pasa por detrás y no le dice nada. Debe de estar acostumbrada a ver gente parada en los pasillos.
Marcos apoya la mano en el picaporte. Lo nota frío. Piensa que podría quedarse ahí toda la tarde, y que mientras siga ahí no habrá pasado nada. Que el único que puede matarla es él, abriendo.
Empuja.
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Toda la física del mundo cabe en un pasillo de hospital. La muerte no ocurre cuando ocurre: ocurre cuando la miras.
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