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El libro que me dejó sin aliento

El libro que me dejó sin aliento

Hay libros que te entretienen. Hay libros que te enseñan algo. Y hay unos pocos, muy pocos, que te dejan sin tierra bajo los pies. Caballo de Troya, de J. J. Benítez, es de estos últimos.

Lo publicó en 1984 y cuarenta y tantos años después sigue vendiéndose. El planteamiento es de ciencia ficción pura: en 1973, las Fuerzas Aéreas norteamericanas ejecutan un proyecto ultrasecreto bautizado Operación Caballo de Troya. Dos militares, Jasón y Eliseo, viajan en el tiempo hasta la Jerusalén del siglo I con una misión concreta: observar y documentar los últimos días de Jesús de Nazaret. No intervenir. Solo mirar y anotar.

Lo que hace Benítez con ese punto de partida es lo que convierte el libro en algo distinto. El texto se presenta como el diario del mayor de la USAF, escrito por un hombre que no va a predicar nada, que es militar y técnico, y que se limita a describir con precisión lo que ve. Y ahí está el golpe. Porque lo que ve no es un pasaje de catequesis. Es un hombre real, en un lugar real, con polvo, con calor, con gente que suda y discute y tiene miedo. Los personajes que llevas oyendo nombrar desde niño de repente tienen cuerpo. Y cuando llega la parte que todos conocemos, la pasión y la muerte, uno entiende de golpe algo incómodo: que fue mucho peor de lo que te habían contado.

Yo he pasado momentos leyendo en los que tuve que parar. No por aburrimiento, sino por lo contrario. Porque duele.

Ahora bien, conviene decir una cosa con claridad, y es parte de por qué este libro genera tanto debate. Benítez sostiene que la obra se basa en documentación real depositada en Estados Unidos. Esa afirmación lleva cuarenta años discutiéndose y no hay forma de verificarla; la mayoría lo considera un recurso narrativo, una vuelta de tuerca al viejo truco del manuscrito encontrado que ya usaba Cervantes. El propio autor dejó dicho que sería el futuro quien determinara si el relato era verídico, que es una manera elegante de no responder.

A mí, sinceramente, me da igual. Y creo que debería darle igual a cualquier lector. Porque el valor del libro no depende de que aquello ocurriera. Depende de lo que te hace mientras lo lees.

Y lo que te hace es sacudirte los cimientos.

Si eres creyente, te obliga a mirar de frente una historia que quizá tenías domesticada por la costumbre, convertida en estampa. Si no lo eres, te encuentras de pronto con un relato humano tan concreto y tan bien construido que no puedes despacharlo con una frase. En los dos casos, te deja preguntándote cosas. Y esa es la definición de un libro que importa: no el que te confirma lo que ya pensabas, sino el que te deja dudando.

No es una lectura fácil. El arranque es lento y a algunos lectores les cuesta entrar. Hay páginas de una minuciosidad casi obsesiva, con detalles técnicos, geográficos y de época que a ratos frenan el ritmo. Pero cuando el viaje arranca de verdad, el libro no te suelta.

Es una saga larga, de nueve entregas, y no todo el mundo coincide en que mantengan el nivel. Yo puedo hablar del primero, y del primero digo esto: hacía mucho tiempo que un libro no me removía de esta manera.

Si lo lees, hazlo sin prejuicios en ninguna dirección. Ni buscando una revelación ni buscando desmontarlo. Léelo como lo que es: una novela extraordinaria sobre unos días en Jerusalén y sobre un hombre que los mira sin poder tocar nada.

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