Nadie te cuenta que escribir cuesta dinero

Hay una imagen romántica del escritor que sigue muy viva: un tipo en una buhardilla, con una taza de café, escribiendo por amor al arte. Bonita, pero irreal. Falta la parte en la que ese tipo abre el banco y ve lo que le ha costado publicar su último libro.
Porque escribir cuesta dinero. Y casi nadie lo dice.
No hablo de escribir en sí. Eso es gratis: tú, un teclado y las horas que le robes al sueño. Hablo de lo que viene después, cuando terminas la novela y decides que quiere existir fuera de tu ordenador. Ahí empieza la factura.
Una novela terminada no está terminada. Necesita corrección, y una corrección profesional de cuatrocientas páginas no es barata. Necesita maquetación, porque un libro mal maquetado se nota en la primera página y espanta al lector. Necesita una cubierta, y si la haces tú con una plantilla se va a ver que la has hecho tú con una plantilla. Necesita ISBN, depósito legal, papeleo. Y si quieres que alguien se entere de que existe, necesita promoción, que es otro capítulo de gasto.
Sumas todo eso y entiendes por qué hay tanta novela publicada con erratas en sus páginas.
Lo comparo a menudo con el deporte. Miles de personas entrenan cada día con la esperanza de dedicarse a ello. Muy pocas llegan. Y las que llegan han pasado años pagando material, entrenadores, desplazamientos, fisioterapeutas. Nadie ve esa parte. Solo ve al que gana. Con la escritura pasa igual: se ven las presentaciones, las fotos firmando ejemplares, los premios. No se ve la transferencia al corrector ni la factura del diseñador.
Y sí, hay premios que dan dinero. Alguno bastante decente. Pero conviene ponerlo en su sitio: ganar un premio dotado es casi como que te toque la lotería. Se presentan cientos de manuscritos, gana uno, y el que gana no puede planificar su economía contando con que el año que viene le vuelva a pasar. No es un sueldo. Es una alegría que llega de vez en cuando, si llega.
Y luego está la otra cara, la que menos se habla. El cansancio.
Hay gente que se imagina que los escritores nos sentamos y sacamos diez páginas diarias como máquinas. No funciona así. Hay días en que sale, hay semanas en que no sale nada, y hay momentos en los que te sientas delante del ordenador y piensas: ¿esto merece la pena? Estoy invirtiendo dinero, horas y cabeza en algo que quizá lean doscientas personas. Esa pregunta duele, porque no tiene respuesta racional.
La respuesta que me doy es siempre la misma, y no es económica. Escribo porque no sé estar sin escribir. Porque hay historias que si no las cuento yo se quedan sin contar. Porque el día que termino una novela hay una satisfacción que no se parece a nada de lo que haya hecho en mi vida.
Pero conviene decir la verdad completa: esto no es un hobby barato ni un camino cómodo. Quien te venda que publicar es fácil, o te está vendiendo algo o no ha publicado nunca.
Como dice el refrán, quien mucho abarca poco aprieta. Y en esto de publicar, intentar hacerlo todo tú —corregir, maquetar, diseñar, promocionar— es la forma más rápida de que todo salga mediocre. Hay que elegir en qué inviertes y aceptar que lo demás lo haga alguien que sepa.
Escribir es gratis. Publicar bien, no. Y creo que está bien que se sepa.

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