Siete

Ernesto cerró la puerta. Bajó dos escalones. Volvió.
La empujó con la palma abierta. Cerrada. Bajó cuatro escalones esta vez, que era progreso. Volvió.
—Buenos días, Ernesto —dijo Merche, la del cuarto, que ya iba por el tercer cruce con él aquella mañana y empezaba a sospechar que vivían en un bucle.
—Buenos días, Merche.
Empujó. Cerrada. Bajó hasta el rellano del tercero antes de acordarse del gas. El gas sí lo había mirado, pero lo había mirado de pasada, no mirándolo, que es una categoría completamente distinta y que solo entienden los que la practican. Subió.
Llave. Entrar. Cocina. Los mandos de la vitrocerámica apuntando todos hacia arriba, alineados como una formación militar en miniatura. Apagados. Correcto. Salir. Cerrar. Empujar.
Cinco.
Bajó tres pisos de una tacada y sintió un orgullo desproporcionado. El año pasado por estas fechas eran nueve. Aquello era prácticamente una recuperación milagrosa y debería estudiarlo alguien. Se estaba abrochando el abrigo en el portal cuando se le apareció, nítido, el grifo del baño. Goteando. Después chorreando. Después el agua bajando por el hueco de la escalera. Después Merche flotando.
Subió.
El grifo estaba seco. Por supuesto que estaba seco. Siempre estaba seco.
—¿Todo bien, Ernesto? —Merche, en el descansillo, con la bolsa de la compra ya hecha.
—De maravilla.
Seis.
En la calle se permitió respirar. Siete era un buen número. Siete era el número de las maravillas del mundo, de los pecados capitales, de los enanitos. Siete era, decidió, un número con prestigio.
Llegó al trabajo con dieciocho minutos de retraso y una calma enorme. La casa estaba cerrada. El gas apagado. El grifo seco. Nada podía salir mal.
Se sentó. Encendió el ordenador. Y entonces se acordó del informe que llevaba tres semanas preparando, el que tenía que entregar aquella mañana, y que seguía encima de la mesa de la cocina. Justo al lado de la puerta que había comprobado siete veces.

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