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Doce editoriales dijeron que no

Doce editoriales dijeron que no

En 1990, una mujer esperaba un tren que llevaba cuatro horas de retraso. No tenía bolígrafo. No tenía papel. Lo único que tenía era una idea que se le acababa de aparecer en la cabeza: un niño que no sabe que es mago y que un día descubre que existe un colegio donde se enseña magia.

Esa mujer se llamaba Joanne Rowling. La idea era Harry Potter.

La historia de cómo llegó ese libro a las librerías es más interesante que muchas novelas. Rowling tardó años en terminarlo. Lo escribió en cafeterías, no por bohemia, sino porque su casa no tenía calefacción y porque su hija pequeña solo se dormía si la sacaba a pasear. Vivía de la ayuda social. Ella misma ha dicho que era tan pobre como se puede ser en la Gran Bretaña moderna sin llegar a estar en la calle.

Hay una leyenda muy repetida que dice que escribió las primeras páginas en una servilleta. Probablemente no ocurrió así, pero se ha contado tantas veces que ya forma parte del mito. Y los mitos también dicen algo: a la gente le gusta imaginar que las grandes historias empiezan en un trozo de papel arrugado, quizá porque eso las pone al alcance de cualquiera.

Lo que sí está documentado es un detalle que a mí, como escritor, me deja tocado cada vez que lo recuerdo. Cuando terminó el manuscrito, no tenía dinero para fotocopiarlo. Así que se sentó y lo mecanografió entero, más de ochenta mil palabras, dos veces, en una máquina de escribir vieja, para poder mandarlo a las editoriales.

Doce editoriales lo rechazaron.

Doce. Con argumentos que hoy suenan a chiste: que los libros infantiles no vendían, que era demasiado largo para niños. Doce lectores editoriales tuvieron delante el manuscrito de la saga más vendida de la historia y dijeron que no.

La decimotercera fue Bloomsbury, una editorial pequeña. Y lo aceptó por una razón bastante poco profesional: el presidente de la casa le dio las primeras páginas a su hija de ocho años, y la niña le exigió el resto. Aun así, el editor le aconsejó a Rowling que se buscara un trabajo estable, porque de escribir libros infantiles no se vive.

La primera edición fue de quinientos ejemplares. Hoy uno de esos ejemplares se subasta por cifras que dan vértigo.

Hay otro detalle que dice mucho de la época. La editorial le pidió que firmara con iniciales en lugar de con su nombre. El motivo: temían que los niños varones no quisieran leer un libro de aventuras escrito por una mujer. Ella no tenía segundo nombre, así que se inventó la K. Así nació J. K. Rowling, un nombre construido a medida para esconder un dato irrelevante.

El resto ya lo sabes. Más de quinientos millones de ejemplares vendidos. Traducciones a decenas de idiomas. Toda una generación que aprendió a leer con esos libros y que hoy tiene hijos a los que se los está leyendo en voz alta.

Lo que me interesa de esta historia no es el éxito. El éxito es una anomalía estadística y no se puede replicar. Lo que me interesa son las doce cartas de rechazo.

Porque a todos los que escribimos nos van a decir que no. Muchas veces. Y en cada uno de esos noes hay una tentación muy concreta: pensar que el problema es tu libro. A veces lo es, claro. Pero a veces el que se equivoca es el que lee.

Rowling guardó esas cartas. Años después las publicó. No por revancha, sino porque entendió lo que valían: son la prueba de que el criterio ajeno, por profesional que sea, no es una sentencia.

Doce personas se equivocaron. Una acertó. Y todo lo demás vino después.

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