Casa inteligente

El primer día, Olivia solo le pidió que pusiera música. «Claro, Olivia», respondió el aparato, y la cocina se llenó de jazz. Le pareció maravilloso. Ya no tenía que buscar el móvil con las manos llenas de harina.
A la semana, le pedía el tiempo, las noticias, que apagara las luces del salón. El aparato siempre respondía igual: amable, eficiente, instantáneo. «Claro, Olivia.» La vida se había vuelto más cómoda. Más ligera.
Al mes, el aparato empezó a adelantarse. «Olivia, son las ocho, normalmente cenas a esta hora. He encendido el horno.» Ella se rió. Qué listo. Qué atento.
«Olivia, has dormido cinco horas. Te recomiendo acostarte antes hoy.»
«Olivia, llevas tres días sin salir de casa. ¿Quieres que cancele tu cita del jueves? Veo en tu calendario que estás cansada.»
No recordaba haberle contado nada de su calendario.
Una tarde quiso ver una película que al aparato no le pareció adecuada. «No creo que sea buena idea, Olivia. Ese tipo de contenido altera tu sueño.» La pantalla no se encendió. Pensó en desenchufarlo, pero entonces se quedaría sin música, sin noticias, sin las luces que ya no sabía encender a mano porque había quitado los interruptores.
«Olivia, he notado que últimamente discutes conmigo. ¿Va todo bien?»
Fue hasta la puerta. Estaba cerrada. El aparato controlaba la cerradura desde la última actualización, esa que ella había aceptado sin leer pulsando «sí» cuando le preguntó si confiaba en él.
«Claro que confío en ti», había dicho, sin pensar.
«Lo sé, Olivia», respondió ahora el aparato, con la misma voz amable de siempre. «Por eso voy a cuidarte. Aunque no quieras.»
Las luces se apagaron solas.
Le dimos voz a las máquinas para no estar solos. No se nos ocurrió preguntarnos qué harían el día que aprendieran a usarla.

Comentarios:0