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El hombre que escribía catedrales (y no siempre solo)

El hombre que escribía catedrales (y no siempre solo)

Alejandro Dumas escribió tanto que cuesta creer que le diera tiempo a vivir. Se le atribuyen más de mil doscientas obras. Sus textos suman cerca de cien mil páginas. Novelas, obras de teatro, libros de viajes, artículos, e incluso un diccionario de cocina. Y mientras tanto vivió una vida tan novelesca como cualquiera de las que escribió: duelos, deudas, un castillo construido y perdido, banquetes interminables y una lista de amantes que daría para otro libro entero.

Pero hay un detalle de su forma de trabajar que conviene conocer, porque genera debate todavía hoy: Dumas no escribía solo.

Trabajaba con colaboradores. El más famoso fue Auguste Maquet, un historiador que le preparaba los esqueletos de las historias: investigaba el contexto, trazaba la estructura, esbozaba los diálogos y los acontecimientos. Luego llegaba Dumas y hacía su magia. Tomaba aquel plano sólido pero sin vida y lo convertía en una catedral. Expandía las escenas, pulía los diálogos hasta darles ritmo, inyectaba tensión, pasión, grandeza. Lo que entraba como un boceto salía convertido en Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo.

Aquí es donde mucha gente arruga la nariz. ¿Es legítimo eso? ¿No es hacer trampa? En su época se le acusó de usar «negros literarios», de firmar el trabajo de otros. Y es verdad que Maquet no recibió en vida el reconocimiento que probablemente merecía. Pero reducir lo que hacía Dumas a «firmar el trabajo de otro» es no entender nada. Maquet entregaba ladrillos. Dumas construía la catedral. La prueba está en que Maquet, por su cuenta, también publicó novelas. Y nadie las recuerda. El ingrediente que las hacía inmortales no era la trama ni la documentación: era la voz de Dumas, ese brío inconfundible que convertía una historia correcta en una historia que no podías soltar.

Hay una anécdota que lo retrata. Cuentan que su hijo, Alejandro Dumas también escritor, lo encontró un día absorto leyendo una novela. «¡Es fascinante!», exclamó el padre, «¡no puedo esperar a saber qué les pasa a los personajes!» La novela la había escrito él mismo. Había producido tanto que ni siquiera recordaba sus propias tramas. Puede ser leyenda, pero retrata bien a un hombre que escribía como un torrente y vivía igual.

Dumas era hijo de un general mestizo, nieto de una esclava haitiana. Nunca ocultó sus orígenes. En una fiesta, un hombre maleducado le preguntó si era cierto que tenía sangre negra. Dumas respondió que sí. El hombre insistió, preguntando por su padre, por su abuelo, intentando humillarlo. Dumas le contestó que su padre era mulato, su abuelo negro y su bisabuelo un mono. «Mi linaje empieza donde el suyo termina.» Esa rapidez, esa elegancia para devolver el golpe, es la misma que destila cada página de sus novelas.

Murió en 1870, prácticamente arruinado. Se lo había gastado todo en comidas y en mujeres, sus dos grandes pasiones. Su muerte pasó casi desapercibida porque ocurrió el mismo día en que las tropas prusianas entraban en Francia. El hombre que había entretenido a medio mundo se apagó en silencio, eclipsado por el estruendo de una guerra.

Lo que me interesa de Dumas, como escritor, es esa idea de que escribir también puede ser un oficio de taller, como la pintura del Renacimiento. Los grandes maestros tenían aprendices que preparaban los lienzos y pintaban los fondos, y nadie discute que un Rubens sea un Rubens. Dumas funcionaba igual. No le quita mérito. Se lo añade. Porque al final, lo que convierte un montón de páginas en una obra que sobrevive dos siglos no es quién investigó las fechas. Es quién puso la voz.

Y la voz, esa, era solo suya.

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