Al continuar navegando por esta web, aceptas nuestros Términos y Condiciones y nuestra Política de Cookies.

Lo que queda en el aire

Lo que queda en el aire

Este texto ganó el tercer premio en el concurso de cartas de amor de Literati. Lo publico tal como se escribió, sin tocar nada, porque hay cosas que solo funcionan cuando salen enteras.

Nunca te lo he dicho, pero cuando abro la puerta de casa y el pasillo huele a horno me quedo un instante en el recibidor.

Amor, huele a mantequilla caliente. A harina dulce. A algo que lleva dentro tu tiempo y tus manos.

Es un olor tibio, doméstico, casi invisible, pero basta para que la casa deje de ser solo paredes y se convierta en hogar.

Hay días en que entro al baño después de ti y el vapor aún guarda tu olor a avena. Me detengo allí un momento, respirando despacio, como quien entra en una sala donde una canción acaba de terminar y todavía vibran las últimas notas.

Por las mañanas, sales antes que yo. A veces, cuando tienes prisa, en la mesa queda una taza de café a medio beber, una silla mal colocada, ese pequeño desorden que dejas al marcharte, como si la casa quisiera recordarme que hace un momento estabas aquí.

Son cosas pequeñas, casi imperceptibles.

Pero cuando estás fuera, lo percibo incluso antes de cruzar la puerta.

La casa huele distinto.

No sabría explicarlo con precisión. No es exactamente silencio. Ni vacío. Es un aire demasiado limpio, demasiado quieto, como si las habitaciones hubieran olvidado de repente que alguien las habita.

Y entonces lo entiendo.

Que después de veinte años, cuando no estás, la casa no huele a nada.

Y que todo ese olor que falta eres tú.

A eso —supongo— lo llaman amor.

Comparte este artículo

    Responder