La mujer que inventó las reglas del crimen

Antes de Agatha Christie, la novela policíaca era cosa de hombres. La escribían hombres, la protagonizaban hombres y la leían, mayoritariamente, hombres. Después de Agatha Christie, esa frase dejó de tener sentido. No porque ella hiciera una revolución feminista — no era su estilo —, sino porque escribió tan bien y vendió tanto que la pregunta sobre si una mujer podía dominar el género dejó de existir. No hacía falta responderla. Bastaba con mirar las cifras.
Más de dos mil millones de copias vendidas. Más de setenta novelas. Traducida a más de cien idiomas. Diez negritos es el libro de misterio más vendido de la historia, con más de cien millones de ejemplares. La ratonera lleva representándose sin interrupción en Londres desde 1952. No hay otro autor de misterio, hombre o mujer, que se acerque siquiera a esos números.
Pero lo más fascinante de Christie no son las cifras. Es cómo llegó hasta ahí.
Nunca fue a la universidad. Su madre decidió educarla en casa, algo inusual incluso para la época. De niña tenía una imaginación desbordante y jugaba con personajes inventados. De joven viajó a Egipto, donde quedó fascinada por la cultura oriental — fascinación que luego aparecería en Muerte en el Nilo, Cita con la muerte y prácticamente cualquier novela suya ambientada fuera de Inglaterra. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como dispensadora farmacéutica en un hospital, y allí aprendió todo lo que necesitaba saber sobre venenos. Ese conocimiento se convirtió en una de sus señas de identidad: los envenenamientos en sus novelas son precisos, técnicamente impecables. No se inventaba las dosis. Sabía exactamente cuánto hacía falta para matar a alguien.
Su primer manuscrito fue rechazado por varias editoriales. Cuando finalmente publicó El misterioso caso de Styles en 1920, donde aparece por primera vez Hércules Poirot, el éxito no fue inmediato. Tardó años en convertirse en lo que acabó siendo. Y por el medio le pasó de todo: la muerte de su madre, el divorcio de su primer marido — que la dejó por otra mujer — y una depresión que la hundió.
Y entonces ocurrió algo que parece sacado de una de sus propias novelas. En diciembre de 1926, Agatha Christie desapareció. Su coche fue encontrado abandonado en una cuneta con sus pertenencias dentro. Durante once días, nadie supo dónde estaba. Toda Inglaterra la buscaba. La prensa especulaba. Se organizaron batidas. La encontraron en un hotel de Harrogate, registrada con nombre falso. Nunca explicó qué pasó durante esos once días. Hasta hoy es un misterio.
Poco después de ese episodio publicó El asesinato de Roger Ackroyd, la novela que la convirtió definitivamente en la reina del crimen. Una novela con un giro final que rompió todas las reglas del género y que todavía hoy se estudia como ejemplo de lo que se puede hacer con un narrador poco fiable.
Creó dos de los personajes más reconocibles de la historia de la literatura: Hércules Poirot, el detective belga meticuloso y vanidoso, y Miss Marple, la anciana de pueblo que resolvía crímenes observando la naturaleza humana desde su jardín. Poirot es el único personaje de ficción que tuvo un obituario en The New York Times cuando Christie lo mató en Telón, en 1975.
Y como si escribir más de setenta novelas de misterio no fuera suficiente, un día se cansó de asesinatos y decidió escribir novelas de amor. Publicó seis bajo el pseudónimo de Mary Westmacott. Nadie supo durante años que era ella.
Lo que más me interesa de Agatha Christie no es su genialidad como constructora de tramas, que lo era. Es lo que su carrera demuestra sobre la escritura: que no va de sexos. Que una mujer sin formación universitaria, educada en casa, pudo convertirse en la autora más vendida de todos los tiempos no porque el mundo fuera justo con las mujeres — no lo era —, sino porque lo que escribía era tan bueno que no había forma de ignorarlo.
Christie no pidió permiso. No esperó a que el género la aceptara. Escribió mejor que todos los que estaban antes que ella. Y cuando terminó, las reglas del crimen eran otras. Las había escrito ella.

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