Al continuar navegando por esta web, aceptas nuestros Términos y Condiciones y nuestra Política de Cookies.

El libro que no necesitaba ser bueno para vender un millón de copias

El libro que no necesitaba ser bueno para vender un millón de copias

El 13 de mayo de 2026, Alejandra Rubio publicó su primera novela. Se llama: Si decido arriesgarme. En dos días estaba entre los más vendidos de España. No porque fuera una gran novela. Ni porque fuera mala. Sino porque Alejandra Rubio es Alejandra Rubio.

Hija de Terelu Campos, nieta de María Teresa Campos, rostro habitual de la televisión. Cuando alguien con esa visibilidad publica un libro, las ventas están garantizadas antes de que nadie lo haya leído. El libro se vende por quién lo firma, no por lo que contiene. Y eso, nos guste o no, es una realidad del mercado editorial.

La novela es una historia romántica con tono erótico, ambientada en un entorno universitario. Publicada por Esencia, el sello de Planeta. Es decir, no es autopublicación ni una editorial pequeña: hay detrás una de las mayores editoriales del país, que sabe perfectamente lo que está haciendo. No apuesta por el manuscrito. Apuesta por el nombre de la portada.

Y aquí es donde la cosa se pone interesante para los que escribimos sin ser famosos.

Escribir un libro es difícil. Da igual quién seas. Sentarte durante meses delante de una página en blanco, construir personajes, sostener una trama, terminar algo que se pueda leer de principio a fin requiere un esfuerzo que poca gente imagina. No voy a quitarle eso a Alejandra Rubio ni a nadie. Escribir un libro, cualquier libro, tiene mérito.

El problema no es que los famosos publiquen. El problema es lo que eso revela sobre cómo funciona el mundo editorial. Un escritor desconocido puede tardar años en conseguir que una editorial le abra la puerta. Puede enviar manuscritos que nadie lee. Puede escribir una novela brillante que no venderá ni quinientas copias porque nadie sabe que existe. Mientras tanto, alguien con medio millón de seguidores en Instagram firma un contrato editorial antes de haber terminado el primer borrador.

No es justo. Pero es real. Y enfadarse con ello no sirve de nada.

Lo que sí sirve es entender algo que a los escritores nos cuesta aceptar: escribir bien no basta. Nunca ha bastado. La literatura siempre ha tenido una parte de oficio y una parte de escaparate. Cervantes tenía mecenas. Dickens publicaba por entregas en periódicos. Hoy el escaparate son las redes sociales. El mecanismo es distinto pero el principio es el mismo: para que te lean, primero tienen que saber que existes.

La pregunta que me hago no es si Alejandra Rubio merece publicar. Claro que sí, como cualquiera. La pregunta es qué hacemos los que no tenemos un apellido que nos abra puertas. Y la respuesta, aunque nos pese, pasa por lo mismo que hacen ellos: construir una identidad de marca, hacernos visibles, dar razones para que alguien que no nos conoce decida dedicarle horas de su vida a leer lo que hemos escrito.

No es lo que más nos gusta oír. Pero es la verdad.

Comparte este artículo

    Responder