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El hombre que tenía cincuenta mil libros y no los había leído todos

El hombre que tenía cincuenta mil libros y no los había leído todos

Umberto Eco publicó su primera novela a los cuarenta y ocho años. Hasta entonces era semiólogo, profesor, filósofo, un tipo que escribía ensayos densos y daba clases en universidades italianas. Si alguien hubiera apostado en 1979 a que aquel señor de gafas y barba iba a escribir una de las novelas más vendidas de la historia, habría perdido dinero. O lo habría ganado de una forma espectacular.

El nombre de la rosa apareció en 1980 y fue un terremoto. Una novela de misterio ambientada en una abadía benedictina del siglo XIV, con un monje franciscano que investiga una serie de muertes extrañas en una biblioteca laberíntica. Un thriller medieval escrito por un semiólogo. La mezcla no debería funcionar, pero funciona. Vendió más de cuarenta millones de copias y se tradujo a más de cien idiomas.

La clave está en lo que Eco hizo con el género: metió dentro de una trama de detectives medievales toda su obsesión por los libros, los signos, las mentiras y los laberintos. El protagonista, Guillermo de Baskerville, es mitad Sherlock Holmes, mitad Guillermo de Ockham. Y el villano — el monje ciego que custodia la biblioteca — se llama Jorge de Burgos. Eco explicó la referencia con una frase que resume su cabeza: la suma de biblioteca, ciego y laberinto no puede dar otra cosa que Borges. No fue un homenaje planificado. Fue una inevitabilidad.

Después de El nombre de la rosa vinieron El péndulo de Foucault, una novela descomunal sobre conspiraciones, sociedades secretas y el peligro de jugar con los símbolos; La isla del día de antes, un viaje barroco al siglo XVII; Baudolino, una historia de mentiras y mitos en la Edad Media; y El cementerio de Praga, una novela sobre falsificaciones y antisemitismo que te deja incómodo de la primera a la última página. Cada libro es distinto, pero en todos hay lo mismo: la pasión por saber cómo funcionan las historias que nos contamos y por qué tantas veces nos las creemos.

Pero lo que más me fascina de Eco no son sus novelas. Es su relación con los libros. Tenía una biblioteca personal de más de cincuenta mil volúmenes repartidos entre sus dos casas. Cuando alguien le visitaba y le soltaba la pregunta inevitable — «se ha leído usted todo esto?» — Eco respondía algo que debería estar grabado en la puerta de toda biblioteca: los libros que importan no son los que has leído, sino los que aún no has leído. Una biblioteca no es una vitrina de lo que sabes. Es un mapa de lo que te falta.

Su secretaria se ofreció a catalogarlos. Eco dijo que no. No me extraña. Catalogar cincuenta mil libros es como intentar dibujar el mapa de un territorio que no para de crecer.

De joven quiso aprender a tocar la trompeta. Lo dejó. Décadas después se compró otra y volvió a intentarlo. Cuentan que durante una estancia en Buenos Aires participó en un grupo de improvisación musical. El compositor que coordinaba el grupo recordaba que Eco se esforzaba, pero que no tenía ningún dominio del instrumento. A Eco le daba igual. Quería estar dentro de lo que estudiaba, no mirar desde fuera. Escribía sobre narrativa y luego escribía novelas. Teorizaba sobre la Edad Media y luego se metía en una abadía como si viviera allí. Publicaba un libro sobre las listas y el libro era, literalmente, una lista.

Hay una frase suya sobre Dan Brown que lo dice todo: «Dan Brown y yo leímos los mismos libros. Solo que él les creyó.» Esa mezcla de ironía y precisión es puro Eco. No necesitaba ser cruel. Le bastaba con ser exacto.

Murió en 2016, en su casa de Milán, rodeado de sus cincuenta mil libros. De los que no había leído todos. Y que, según su propia lógica, eran más valiosos precisamente por eso.

Hay escritores que te enseñan a escribir. Eco era de los que te enseñan a leer. A leer preguntando, no acumulando. A entender que cada libro abre la puerta a otro que aún no has encontrado. Y que si tienes cincuenta mil y alguien te pregunta si los has leído todos, la respuesta siempre es la misma: todavía no.

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