La mujer del cruce

La mujer está en el suelo, en medio del paso de cebra. Tiene el pelo suelto, un zapato puesto y el otro a tres metros, junto al bordillo. El bolso ha quedado abierto y se ven las llaves, el móvil con la pantalla rota y una entrada de cine para la sesión de las seis y media.
La gente se arremolina. Un hombre con chaqueta gris se ha arrodillado junto a ella y le habla despacio, aunque ella no contesta. Una chica joven llama a emergencias con la voz temblando. Otro graba con el móvil. Siempre hay uno que graba.
Desde la otra acera, una mujer lo observa todo. Se ha parado sin saber por qué. No conoce a la que está tendida, pero hay algo en ella que no puede dejar de mirar. La forma del pelo. Las uñas sin pintar. La alianza en el anular izquierdo. Son detalles pequeños, pero cada uno le produce una punzada que no entiende.
Llega la ambulancia. Los sanitarios bajan con calma. Demasiada calma. Uno de ellos se agacha, le busca el pulso en el cuello, mira al compañero. Niega despacio.
La mujer de la acera siente frío. Un frío raro, que no viene de fuera. Da un paso hacia el grupo. Nadie se aparta. Nadie le dice «déjelos trabajar, señora». Nadie la mira. Da otro paso. Nada. Es como si caminara entre cristales.
Está ya junto al cuerpo. Lo mira desde arriba. El pelo suelto, igual que el suyo. Las uñas sin pintar, como las suyas. La alianza en el anular izquierdo, la misma alianza.
Se mira las manos.
Después mira la entrada de cine que asoma del bolso. La sesión de las seis y media. La misma película a la que iba ella.
Entonces lo entiende.
No ha cruzado la calle.
A veces el último segundo de una vida no es un segundo. Es un pasillo largo por el que caminas sin saber que ya no tiene puerta al fondo.


Comentarios:0