Sidra y carne de pueblo

He estado unos días por Asturias.

Y claro, uno que es amante de la buena mesa —de la buena buena mesa, con doble adjetivo y tenedor afilado— no puede pisar esta tierra sin dejarse llevar por sus mesas, sus pucheros y sus brasas. Así que durante esta pequeña escapada me propuse lo justo y necesario: comer con ganas y contar con gusto.

A partir de hoy, iré compartiendo varias reseñas de locales asturianos que he visitado estos días. No son todos ni los mejores de ninguna lista, pero sí esos sitios que me llamaron la atención por algún motivo: por recomendación, por intuición o por simple olor a fabada en el aire.

Y empezamos por uno que es casi un clásico moderno de la zona:

Llagar de Colloto

Camino Real 53, Colloto (Siero/Oviedo)

Dicen por Colloto —a apenas cinco kilómetros de Oviedo— que el Llagar de Colloto empezó como casa solariega del siglo XVII. Hoy, sin renunciar a su origen, es uno de esos sitios donde no se va a presumir… se va a comer. Sin más.

Y eso fue exactamente lo que hicimos: comer. Porque a veces uno no busca fuegos artificiales ni nombres en inglés en la carta. Busca brasas, cuchillo bien afilado y esa sensación primitiva —y bendita— de estar ante un plato que no necesita explicación. Solo silencio, pan y sidra.

El lugar

Espacioso, rústico sin empalagar, con alma de llagar de los de verdad. Se respira tradición y contundencia desde que cruzas la puerta. La madera, las paredes gruesas, el aroma a manzana fermentada y fuego bajo. Tiene una terraza bien montada para días soleados y varios salones interiores donde todo suena a sobremesa larga.

Nada de postureo, ni mantelerías bordadas. Aquí, la elegancia va en la carne y en la sidra, no en la vajilla.

La carne: himno a la parrilla

Vinimos buscando carne, y lo que encontramos fue algo más cercano a una revelación.
Pedimos carne de buey certificada de Ganadería Cabrero, y lo que llegó a la mesa fue un altar de proteína con aroma a leña y respeto. Un corte generoso, cocinado al punto justo: crujiente por fuera, tierna como promesa cumplida por dentro. El jugo se escapaba lentamente con cada corte, como quien no quiere irse.

Y el sabor… ¿cómo decirlo sin sonar exagerado? Era manjar de dioses, pero de dioses asturianos: rotundos, serios y con buen diente. Cada bocado tenía esa intensidad que solo se logra con buen producto y mejor mano en la parrilla.

Al masticar, no había prisa. El paladar se llenaba de historia, de campo, de buey que ha vivido bien. Una comunión con lo ancestral. De hecho, hubo un momento en que casi vi al Altísimo asomado desde el ventanuco, pidiendo mesa.

La sidra, fiel compañera

No la elaboran allí, pero eligen bien. Sirven sidra de Llagar de Herminio, fresca, con ese punto ácido justo para limpiar el paladar entre bocado y bocado. Escanciada con gracia (y sin mojarte los zapatos), acompañó la velada con la dignidad de una soprano en misa de domingo.

El queso… ese detalle celestial

Y entre carne y sorbos, apareció el queso. El que cubría algunos entrantes y acompañamientos, fundido en su punto justo, derretido como si entendiera la misión: abrazar sin ahogar.

Cada vez que cortabas un trozo caliente, los hilos de queso se estiraban como si no quisieran separarse, recordándome aquellas pizzas que probé en Sicilia y Malta. Finos, elásticos, interminables. No era el protagonista, pero supo ganarse un aplauso.

El servicio

Cercano, educado, pero sin excesos de entusiasmo artificial. Nos atendieron con solvencia, sin prisas ni poses. En todo momento pendientes de que estuviéramos cómodos.
Y eso, en un sitio donde las brasas mandan, se agradece.

Opinión general

El Llagar de Colloto no es el lugar para hacer stories de Instagram, sino para comerse el mundo en silencio y repetir pan sin remordimientos.
No es cocina de autor, es cocina con memoria. Y eso vale más.

Puntuación emocional:
Lo recordaré con hambre
Llevaré a alguien que aprecie el buey
Puede que haya rezado discretamente tras el segundo bocado

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