Las cadenas de comida tienen algo de parque de atracciones: no esperas arte, pero sí diversión. Y ojo, algunas lo consiguen. No estoy en contra. Cumplen su función: llenar la tripa, charlar con amigos, salir rodando pero contento. Ahora bien, lo de anoche fue otro cantar. O más bien otro churrasco mal afinado.
Fuimos cinco personas a cenar a uno de los locales de Brasa y Leña, esa cadena de rodizio brasileño donde la carne no se pide: se persigue. El sitio en cuestión: el ubicado en el Centro Comercial Parquesur, en Madrid. Hora de la cita: ocho de la tarde, ese momento en el que uno llega con hambre de día largo y con ilusión de cena abundante. Público: escaso. Ambiente: limpio, ordenado, incluso agradable si no fuera porque ya se respiraba más microondas que brasa.
Pedimos el menú cerrado de unos 25 € por cabeza. Lo primero a destacar: el personal. Amabilísimo. Atentos, educados, rápidos. Eso siempre se agradece, y lo subrayo, porque es lo mejor de la noche. Lo segundo: la comida. Y ahí es donde viene la pena, y de las gordas.
Empezaron trayéndonos el clásico trío de acompañamientos:
- El puré, que tenía la textura del cemento que usan para sellar grietas en la M-30. Grumoso, espeso, como si el cocinero hubiera tenido un problema con la batidora… o con la paciencia. Una cosa es cremoso, otra cosa es que te cueste despegarlo del tenedor.
- Los frijoles, decentes, aunque insípidos, como si vinieran de lata y se hubieran olvidado de pasar por la sartén. Ni chicha ni limoná.
- La ensalada, normal. Sin alegría, pero comestible. Algo verde y algo rojo, como si la hubieran hecho por cumplir con el código de colores. De esas que parecen estar ahí sólo por protocolo nutricional.
Y entonces empezaron las carnes, que es donde uno espera que el corazón del rodizio palpite con fuerza. Spoiler: no hubo pulso, ni ritmo, ni alma.
Choricitos: tamaño pistola de feria, textura proyectil. Secos, duros, recalentados. No sé si eran de la semana anterior, pero el sabor apuntaba a eso. Mordías con miedo, como quien desactiva una trampa.- Alitas de pollo: tristes. No doradas, no crujientes, no asadas. Más bien parecían cocidas y luego reanimadas en el microondas. La piel blandita, como una caricia que nadie pidió. El sabor, un susurro apagado de lo que debió ser.
- Una especie de bacon con canela: comestible, aunque lo de la canela aún lo estoy procesando. Al menos no hizo daño, pero tampoco dejó huella.
- Picaña (supuestamente): el trozo venía quemado y frío. Lo dijimos. El camarero, siempre amable, nos trajo otra tanda. También quemada y fría. Quizá sea la receta original, versión «volcán extinto». Un pedazo negro por fuera y gris por dentro, sin rastro de jugo ni sabor.
- Solomillo: este fue el momento surrealista de la noche. El corte tenía la textura de un chicle que ha pasado por el bolsillo de unos vaqueros y luego por la lavadora. Mordías y no sabías si masticar o rendirte. No sabía a nada reconocible, pero sí costaba tragar.
Nos quejamos con educación. El camarero, con toda la buena voluntad, nos dijo que “era lo que tenían”. Y ahí comprendí que no estábamos en un restaurante, sino en una cadena de montaje de comida templada. Sin margen, sin alma, sin cocina de verdad.
Los postres (una tarta y un flan, si la memoria no me traiciona) fueron lo más aceptable. Dulces, previsibles, pero al menos cumplidores. También pedimos caipiriñas, que venían tan diluidas que parecía que las había preparado un monje del siglo XVII con miedo al pecado. Un cóctel más cerca del jarabe que del Caribe.
En total: unos 100 euros por una cena que no logró ni el aprobado. Y eso con todo el cariño que se le puede tener a una noche entre amigos.
En resumen:
Brasa y Leña (Parquesur) es una opción si quieres una experiencia de carne tipo “catálogo de muestras”, pero no si esperas sabor, frescura o algo que justifique el precio. En mi caso, fue más pena que brasa. Y el único fuego que encontré fue el de la decepción ardiendo en mi estómago.
Otra crónica más, otro estómago menos convencido. Porque con brasas así, uno acaba buscando el postre en casa y la cena en el recuerdo de otra parte.
