Hay recomendaciones que valen más que cualquier guía gastronómica. Esta me la dio un taxista, con la seguridad de quien habla de lo que ama: “Vete a Coslada, a la Pizzería Cristian. No te vas a arrepentir”. Treinta kilómetros después, entendí que no exageraba.
El local está en Av. de Vicálvaro, 37, Coslada, Madrid. Y es lo que es: una pizzería de las de toda la vida. Paredes sencillas, mesas básicas, ese aire noventero que no pretende disfrazarse de modernidad. Cenamos en la terraza —una noche agradable—, aunque con un pequeño detalle: si quieres bebida, te levantas y entras a por ella. Nada de camareros trayendo cañas al exterior. Pero bueno, no íbamos a juzgar la experiencia por eso.
Éramos tres. Pedimos tres pizzas: barbacoa, mexicana y tropical. Y con el primer mordisco sentí algo que pocas veces me pasa en una pizzería: el viaje directo a Nápoles, sin escalas.
La masa y los ingredientes
La masa era el primer aviso de que allí había oficio. Fina, crujiente en los bordes y, al mismo tiempo, suave en el centro. Ese punto exacto que hace que la pizza se doble con gracia, sin quebrarse, pero con el toque crujiente justo para recordarte que ha pasado por un horno de verdad. Y lo mejor: puedes verla amasar allí mismo. Cristian, el pizzero, trabaja con la harina como quien acaricia un instrumento que conoce al milímetro. Nada de bases congeladas ni misterios.
Los ingredientes estaban a la altura de esa masa:
-
La barbacoa era puro placer. Carne tierna, bien sazonada, y una salsa que mezclaba dulzor y ahumado en la proporción justa.
-
La mexicana traía un jamón de esos que te obligan a cerrar los ojos un segundo.
-
Y la tropical —sí, con piña— estaba equilibrada, sin excesos dulces ni invasivos, lo bastante fina como para convencer incluso a los que reniegan de esta combinación.
Y luego estaba el queso. Ese detalle que puede hundir o elevar una pizza. Aquí era de los que se quedan en la memoria: se derretía en la boca, envolviendo cada bocado como una caricia templada. Y al separar un trozo del resto, se estiraba en hilitos infinitos, de esos que te recuerdan las pizzas que puedes encontrar en Sicilia o en Malta, donde el queso es casi una declaración de intenciones.
La salsa de tomate tenía ese perfume de orégano que no se finge. Era Italia auténtica, la que huele a horno y a masa recién hecha, no a bote de supermercado.
Tamaño y el día después
Las pizzas eran generosas. Pedimos tres y sobró una y media, aunque también es cierto que era cena y no llegamos con hambre de gladiador. Lo mejor es que al día siguiente, recalentadas en el horno, seguían igual de frescas: la masa no se volvió cartón, el jamón mantenía jugosidad y el queso… seguía fundiéndose como el primer día. Eso no lo consigue cualquiera.
Cristian, el guardián del horno
Cristian no es solo un nombre en el cartel. Está ahí, junto al horno, pendiente de cada segundo. Se le ve controlar las pizzas con esa mezcla de obsesión y cariño que hace que nada se pase ni se quede corto. De vez en cuando salía a preguntar si todo estaba bien, con la tranquilidad de quien sabe que su trabajo habla por él.
La cuenta
Tres pizzas, cinco cervezas: 42 euros. Con precios entre 9 y 12 euros por pizza, uno siente que está pagando por honestidad y producto, no por una marca en la caja.
Salí de allí pensando en lo mismo que pensé al primer bocado: hay sitios que no necesitan decoración ni cartas interminables para conquistar. Basta una buena masa, ingredientes de verdad y alguien que vigile el horno como si en él estuviera su reputación.
Y sí, aquel taxista tenía razón: mereció la pena cada kilómetro.
Puntuación emocional:
Lo recordaré… y volveré.
