Como ya sabéis, he estado unos días en Asturias, tierra de montes, vacas, mar y sobre todo… de mesa bien puesta. Y claro, uno que es devoto del buen yantar, no podía dejar pasar la oportunidad de calarse unas botas entre sidras, chorizos, carnes guisadas y postres que parecen besos de abuela. Así que esta es la segunda parada de esta pequeña serie de reseñas asturianas. Y sí, también os aviso desde ya: habrá más. Porque hay regiones que uno no puede contar con una sola servilleta.
Hoy os traigo una experiencia que viví en Sidrería La Ballera, situada en la calle Gral. Campomanes, 18, en Villaviciosa. Un local de los de siempre, regentado por paisanos que saben lo que hacen, lo que sirven y lo que cuesta ganarse una clientela. Aquí no hay gastrochorradas ni platos con espumas de no sé qué ni trampantojos imposibles. No, aquí hay madera, mantel de papel, paredes de piedra, olor a sidra fresca y un ambiente que da ganas de quedarse a vivir con nombre falso.
La primera noche que fuimos a cenar —sí, repetimos— entramos con la idea de picar algo, y lo primero que nos dijo el dueño, de cara afable y voz de chigre, fue: “si tenéis fame, este es el sitio”. Lo dijo con una sonrisa que no se compra en ningún máster de hostelería. Nos colocaron en una mesa al fondo, amplia y recogida, y desde allí pude empezar a disfrutar de lo que más me sorprendió: no eran las conversaciones, no era la música, no era el murmullo de copas… eran risas. Muchas. Risas por todos lados. Aquello parecía una sidrería patrocinada por la felicidad. En pocos locales he sentido tanto jolgorio real. Y eso, queridos míos, ya te prepara el estómago.
Empezamos con un clásico: chorizo a la sidra. Ya lo olías antes de que tocara la mesa. Una fragancia especiada, pimentonada, dulce y alcohólica que avisaba de lo que venía. Al morderlo, se deshacía con ese juguito caliente que mezcla el pimentón, la grasa noble y la sidra. El tipo de bocado que haría llorar a un vegano… y le daría igual.
Después pedimos cachopo y carrilleras al vino. Íbamos con hambre, sí, pero también con sentido común, así que el camarero (que ya era como de la familia) nos sugirió que empezáramos por eso antes de lanzarnos a los calamares. Le pregunté si no nos quedaríamos con hambre, y entre risas me soltó: «si quedas con fame, te saco los calamares… y de regalo”. Qué arte, madre mía.
El cachopo llegó en bandeja de plata (bueno, era de acero inoxidable, pero brillaba como si lo fuera). Calculamos que pesaba kilo y medio. Iba acompañado de una fuente entera de patatas caseras, y aquí quiero detenerme: crujientes por fuera, tiernas por dentro, cortadas a mano, fritas en aceite limpio. Nada de patatas congeladas o de bolsa. Las patatas sabían a patata. Y eso, por desgracia, no es tan habitual como debería. El cachopo tenía un rebozado perfecto, dorado y fino, con una carne que se rompía con solo mirarla y un queso fundido que al tirar del corte creaba hilos infinitos, cálidos, que hacían imposible no cerrar los ojos. Una orgía de proteínas y ternura.
Justo cuando estábamos aún con la mandíbula batallando con el cachopo, llegaron las carrilleras al vino. Lo que dejaron sobre la mesa no era un plato, era una bandeja entera. Una montaña de carne tierna y jugosa, que se deshacía con solo apoyarla en el paladar. La salsa, espesa, brillante, densa y honesta, sabía a vino tinto, a cebolla bien pochada, a laurel, a tomate… a horas de chup-chup. Otra fuente de patatas apareció, como para equilibrar el mundo.
Y si creíais que aquí se acababa, aún quedaba el postre: arroz con leche. Pero no uno cualquiera, no ese que parece de sobre ni ese que viene templado de microondas. Este era una especie de crema espesa, perfumada de limón y canela, con un arroz que se fundía como un suspiro. Dulce sin empalagar, fresco sin ser frío. Un arroz con leche que justifica el viaje y una entrada entera en el blog. De hecho, puedo afirmar sin dudar que fue el mejor arroz con leche que probé en Asturias. Y creedme que probé más de seis diferentes.
Cuando acabamos (bueno, cuando nos rendimos y pedimos llevarnos lo que sobró), el dueño vino a preguntar si queríamos ya los calamares. Se reía como si ya supiera la respuesta, y la verdad, no se equivocaba. Con su gesto campechano y esa manera de tratarte como si fueras un vecino de toda la vida, entendí por qué ese sitio estaba tan lleno de risas. En Asturias saben comer, pero también saben hacer que uno coma feliz.
Puede que el local por fuera no destaque. Puede que no esté en una guía Michelin ni lo visite ningún influencer. Pero si yo tuviera que hacer un ranking de locales donde se come con el corazón, Sidrería La Ballera estaría bien arriba.
